HelpClinic

Apoyo diario entre el entrenamiento y la competición

Entrenas tu cuerpo cada día; la terapia para deportistas también cuida tu mente.

La presión por rendir, la vuelta tras una lesión o el miedo a equivocarte no son una debilidad: forman parte del deporte. HelpClinic ofrece herramientas breves, rutinas diarias guiadas por IA y acceso a un profesional, como apoyo entre sesiones. La guía de IA no es terapeuta ni un servicio de crisis.

Reset antes de competir

24/7
Un ejercicio que calma la mente en 3 minutos
eso es lo que dura
3 min

Empieza hoy: sin juicios, sin lista de espera, a tu ritmo.

Retos más comunes

  • Presión por rendir
  • Lesión
  • Perfeccionismo
  • Ansiedad previa
  • Vida tras el deporte
No estás solo
Empieza a tu ritmo

Creado con psicólogos y la Universidad Médica de Łódź.

Lecturas breves para empezar

Cómo calmar los nervios momentos antes de competir

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Puedes notar los nervios cuando termina el calentamiento, llaman a tu turno o ves a tus rivales preparados. Tal vez aprietes la mandíbula, revises el equipo otra vez o empieces a imaginar el resultado. En ese momento, evita discutir con lo que sientes. Ponle un nombre breve y concreto: «Esto es activación porque me importa». No necesitas sentirte convencido al decirlo. La frase sirve para reconocer lo que está pasando y pasar a una acción conocida.

Apoya bien ambos pies, tanto si estás de pie como si esperas sentado. Nota el contacto con el suelo y completa cinco ciclos de respiración tranquila. Inspira por la nariz contando hasta cuatro y espira contando hasta seis. No intentes llenar los pulmones al máximo. Deja que la inhalación sea cómoda y que la espiración salga suave, un poco más larga. Si pierdes la cuenta, empieza de nuevo sin reprocharte nada. Si queda poco tiempo, continúa respirando mientras colocas el equipo o te diriges a la salida.

Después lleva la atención a tres señales concretas. Elige un sonido que puedas oír, un punto donde tu cuerpo toque la ropa o el equipo y algo que puedas ver. Puedes notar una voz, el contacto de la camiseta en los hombros y una línea del suelo. Quédate unos instantes con cada señal, sin buscar sensaciones especiales. Cuando aparezca otra predicción, vuelve al sonido, al contacto o al objeto que habías elegido.

Si surge una imagen de un error, una comparación con un rival o una pregunta sobre el resultado, responde con una frase completa: «Estoy teniendo un pensamiento sobre el resultado». También puedes decir: «Mi mente está intentando adelantarse. Ahora vuelvo a lo que tengo delante». No trates de impedir que el pensamiento regrese. Cada vez que aparezca, nómbralo y dirige otra vez la atención a una de las tres señales. Repetir este movimiento forma parte del ejercicio.

Elige ahora una frase centrada en la tarea. Debe recordarte algo que puedas hacer de inmediato: «Los primeros diez segundos, con calma», «Ritmo y respiración» o «Miro, respiro y empiezo». Repítela una vez. Afloja la mandíbula, baja los hombros si los notas elevados y haz el primer movimiento conocido de tu rutina de salida. Puede ser colocarte, mirar una referencia o ajustar el agarre. Busca dirigir la activación hacia esa acción concreta.

Si el primer intento no reduce los nervios, no acumules instrucciones. Vuelve a lo más sencillo: pies apoyados, espiración suave y una señal visible. Después di: «Sigo nervioso y puedo hacer la siguiente acción». Si te bloqueas al elegir esa acción, pregunta a tu entrenador o a una persona del equipo: «Dime solo cuál es la siguiente acción que tengo que hacer». Si nadie puede responderte, usa el primer movimiento habitual de tu salida como punto de partida y deja la evaluación para después de competir.

Si vives solo o no tienes familia cerca, puedes acordar un mensaje breve con una persona de confianza: «Estoy a punto de competir. Necesito centrarme y te escribiré cuando termine». Si trabajas por turnos, practica esta misma secuencia al comenzar cada entrenamiento, sin ligarla a una hora fija. Si no puedes gastar dinero, guarda las frases en una nota del móvil o en un papel dentro de la bolsa. Si el idioma supone una barrera, escríbelas en la lengua en la que piensas con más facilidad y enséñalas a tu entrenador antes de competir.

Conviene pedir cita con un psicólogo cuando los nervios se repiten y puedes observar que abandonas antes de empezar, evitas apuntarte, dejas entrenamientos a medias o pasas la noche despierto pensando en la competición. Lleva ejemplos concretos y di: «Antes de competir me ocurre esto, hago esta secuencia y aun así termino evitando o abandonando». Si ya tienes psicólogo, muéstrale la nota en la próxima cita. Si la primera conversación no aclara qué hacer, pregunta: «¿Qué puedo practicar antes de la próxima competición y qué información necesitas que anote?»

Vuelta tras una lesión: cuerpo listo, mente aún no

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Recibir el alta médica puede convivir con una sensación muy distinta al volver a entrenar. Quizá haces bien los movimientos previstos, pero frenas antes del contacto, compruebas constantemente la zona lesionada o evitas repetir un gesto que antes era automático. También puede ocurrir que una sesión tranquila te dé confianza y que, al acercarte a una situación parecida a competir, vuelva el miedo. No intentes decidir de inmediato si estás preparado. Empieza identificando el momento exacto en el que aparece la tensión y qué movimiento, ritmo o contexto la precede.

Diseña con tu fisioterapeuta o entrenador una escalera de vuelta. El primer peldaño debe ser un movimiento manejable y el último, la situación más parecida a competir que corresponda a tu recuperación. Entre ambos pueden estar una sesión suave, un tramo con contacto y un ensayo completo. Deja cada paso escrito para no cambiarlo según cómo te sientas ese día. Puedes decir: «Quiero volver sin saltarme pasos. ¿Podemos acordar qué voy a probar, qué debo observar y cuándo repetimos o avanzamos?».

Antes de cada intento, detente y describe la tensión como baja, media o alta. No necesitas encontrar una palabra perfecta ni conseguir que desaparezca. Haz tres espiraciones lentas y recuerda cuál es el único paso acordado para esa sesión. Después, completa ese intento, sin añadir una prueba improvisada para demostrarte que ya estás bien. Si notas que te estás examinando a cada segundo, vuelve a una instrucción concreta: «Ahora solo voy a hacer el movimiento que hemos acordado y después registraré lo ocurrido».

Al terminar, anota dos cosas por separado: qué hizo tu cuerpo y qué predijo tu mente. En la primera parte escribe únicamente lo que observaste, por ejemplo: «La rodilla se mantuvo estable durante el intento». En la segunda recoge el pensamiento, por ejemplo: «Pensé que volvería a lesionarme». Si no sabes distinguirlos, pregúntate qué podría haber visto otra persona y qué ocurrió solo dentro de tu cabeza. Lleva esas notas a quien supervisa tu rehabilitación y di: «Esto fue lo que pasó en el cuerpo y esto fue lo que temí que pasara».

Si el primer intento no funciona, no conviertas la sesión en una prueba de carácter. Detente, describe qué ocurrió y repite el mismo peldaño cuando lo hayas comentado con tu fisioterapeuta o entrenador. Puede que el paso necesite estar mejor definido o que debas mantenerlo antes de avanzar. Una sesión difícil tampoco significa volver al principio. Puedes enviar este mensaje: «Hoy no pude completar el paso acordado. La tensión fue alta cuando ocurrió esto y observé esto otro. Prefiero revisar el mismo peldaño contigo antes de intentar el siguiente».

Después de un día bueno, evita subir varios peldaños por tu cuenta. La confianza de esa sesión sirve como experiencia, no como obligación de acelerar. Pregunta: «He completado el paso tal como lo acordamos. ¿Conviene repetirlo o pasar al siguiente?». Si el miedo aparece al aumentar el ritmo, introducir contacto o acercarte a un ensayo completo, señala ese cambio con precisión. En vez de decir «no puedo», prueba con: «Puedo hacer la parte anterior, pero aquí empiezo a frenar y necesito que revisemos este tramo».

Adapta el plan a tus circunstancias. Si vives solo o no tienes familia cerca, acuerda con un compañero o una persona de confianza un mensaje breve después de la sesión: «Ya terminé. Este fue el paso que hice y así salió». Si trabajas por turnos, pide que la escalera quede escrita para retomarla sin improvisar cuando cambie tu horario. Si no puedes pagar encuentros adicionales, aprovecha el contacto que ya tengas con quien supervisa tu rehabilitación para acordar el siguiente paso concreto. Si existe una barrera de idioma, lleva las notas por escrito y pide: «Necesito instrucciones sencillas sobre qué hago, qué observo y cuándo debo detenerme».

Involucra de nuevo a quien supervisa tu rehabilitación si el miedo te impide repetidamente iniciar un movimiento que habíais considerado manejable, si empiezas a cancelar las sesiones para evitarlo o si ya no puedes seguir la escalera acordada sin añadir comprobaciones constantes. Explica conductas observables, no intentes diagnosticarte: «Estoy evitando este movimiento», «me detengo antes del contacto» o «cambio el ejercicio sin consultarlo». Si reaparecen dolor, hinchazón u otros síntomas, detente y consulta al profesional sanitario adecuado. Si no sabes cómo interpretar una respuesta del cuerpo, no decidas solo si debes continuar: pregúntaselo.

Perfeccionismo: cuando “no es suficiente” roba la alegría

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Terminas una sesión exigente, recuerdas primero el único movimiento que falló y todo lo demás pierde valor. Quizá completaste el plan, mantuviste la técnica y pediste una corrección, pero tu cabeza responde: «Debería haberlo hecho perfecto». El perfeccionismo mueve la meta después de conocer el resultado. Lo que antes habría sido una buena sesión pasa a parecer insuficiente. Detecta ese momento concreto: suele aparecer al mirar una marca, compararte, escuchar al entrenador o repasar mentalmente un error.

Justo después de entrenar, divide una hoja o una nota del móvil en tres apartados: «hechos», «veredicto perfeccionista» y «siguiente paso». En hechos escribe solo lo que podría haber observado otra persona: «Completé el plan», «fallé un movimiento» o «perdí el ritmo al final». Evita palabras como desastre, mediocre o brillante, porque ya son interpretaciones. Si dudas, pregúntate: «¿Podría demostrar esto con lo que ocurrió?». La descripción no tiene que ser amable. Tiene que ser concreta.

En la segunda parte copia el juicio tal como aparece, sin suavizarlo: «Soy inútil», «Siempre fallo cuando cuenta» o «Si no gano, todo este trabajo no sirve». Después escribe un único paso pequeño y realizable: «Mañana dedicaré diez minutos a la posición» o «Antes de empezar pediré al entrenador que observe mi ritmo». Si el paso incluye castigarte, repetir hasta agotarte o rehacer toda la planificación, todavía habla el veredicto. Redúcelo hasta que puedas explicar exactamente qué harás y cuándo.

Antes de la siguiente sesión, decide qué significará «suficientemente bien». Elige una conducta bajo tu control, como mantener el ritmo acordado, comunicarte con claridad o acabar la serie cuidando la técnica. Escríbela antes de empezar: «Hoy consideraré cumplida la sesión si termino cada repetición atendiendo a la posición». No añadas condiciones después. Un resultado inesperado, la actuación de otra persona o la reacción del entrenador pueden darte información, pero no cambian el criterio que fijaste. Lo revisarás cuando haya terminado la sesión, no en mitad de la frustración.

Durante el entrenamiento, utiliza una frase breve para volver al criterio: «Mi tarea ahora es cuidar la técnica» o «Este error no decide la siguiente repetición». Si necesitas apoyo, puedes decir al entrenador: «Hoy estoy convirtiendo cada fallo en un juicio sobre toda la sesión. ¿Puedes ayudarme a centrar la corrección en una conducta concreta?». A un compañero puedes escribirle: «No necesito que me digas que salió perfecto. Ayúdame a distinguir lo que ocurrió de lo que estoy diciendo sobre mí».

La primera vez puede que la hoja se llene de veredictos disfrazados de hechos. Cambia «entrené fatal» por una descripción visible de lo que hiciste. Si mueves otra vez el criterio, señala el original y responde: «Eso fue lo que decidí antes de conocer el resultado». Si la frase «Es la voz perfeccionista, no una instrucción» te irrita o no detiene el juicio, no discutas durante media hora. Repite el siguiente paso elegido y haz únicamente eso. Cuando tampoco puedas elegirlo, pide al entrenador una observación concreta: «Dime una cosa que mantuve y una que puedo ajustar».

Adapta el método a tus circunstancias. Si vives solo o no tienes familia cerca, envía tu criterio a una persona de confianza antes de entrenar y pídele que te lo devuelva sin evaluarte. Si trabajas por turnos, define «suficientemente bien» según la sesión que realmente puedes hacer ese día, no según un horario ideal. Si no tienes dinero para recursos adicionales, usa papel, una nota del móvil o un mensaje guardado para ti. Si existe una barrera lingüística, prepara dos frases sencillas y enséñaselas al entrenador: «Quiero una corrección concreta» y «Necesito un momento para entenderla». También puedes escribir primero los tres apartados en la lengua en la que piensas con más claridad.

Termina anotando algo que haya despertado disfrute o curiosidad, aunque dure poco: una sensación de coordinación, una decisión acertada o una pregunta sobre la técnica. Esto no reduce tu ambición. Amplía la imagen más allá del error. Es momento de involucrar a un profesional cuando el juicio se repite fuera del entrenamiento, te impide descansar, hace que evites sesiones o conversaciones, o convierte cada resultado en ataques contra ti. Lleva ejemplos escritos y di: «Después de entrenar pienso estas frases, cambio cualquier criterio que había fijado y me cuesta detenerlo. Quiero trabajar sobre este patrón». Si ya tienes una cita, guarda la hoja para revisarla allí; si no, pide una y explica qué está interfiriendo en tu vida cotidiana.

Quién eres cuando te quitas la camiseta

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Quizá llevas años organizando los días alrededor de entrenamientos, competiciones, descansos y resultados. Cuando alguien te pregunta cómo estás, respondes hablando de una marca, una lesión o la próxima prueba. Esto puede hacerse más evidente si no te convocan, pierdes, te lesionas, vuelves después de un parón o piensas en dejarlo. Sin esa estructura, tal vez no sepas qué hacer con una tarde libre o sientas que tienes poco que contar. Ahí conviene mirar qué otras partes de ti ya existen, aunque últimamente hayan recibido menos atención.

Coge una hoja y dibuja un círculo. Divídelo en áreas que formen parte de tu vida: deportista, amigo, pareja, estudiante, familiar, persona curiosa. Añade papeles que quieras recuperar o desarrollar. No busques un reparto perfecto ni intentes demostrar que todo está equilibrado. Mira cada parte y escribe debajo una acción reciente que encaje en ella. Si una zona queda en blanco, no significa que haya desaparecido. Solo indica que ahora necesita una acción concreta para volver a ocupar espacio en tu semana.

Elige dos áreas que no dependan del rendimiento. Para cada una, decide una acción pequeña que puedas completar tal como estás ahora. «Llamar a Marta el jueves a las ocho» sirve mejor que «ver más a mis amigos». También pueden servir cocinar algo, estudiar una hora, escuchar con atención a alguien o pasear sin repasar mentalmente el entrenamiento. Anota cuándo, dónde y durante cuánto tiempo lo harás. Si estás lesionado o cansado, adapta la acción a lo que puedas hacer y pregunta al profesional que corresponda cualquier duda sobre tus límites físicos.

Haz que el plan encaje en tus circunstancias reales. Si vives solo, puedes proponer una llamada, compartir una comida a distancia o quedar en un lugar sencillo. Si no tienes familia cerca, elige a una persona con la que quieras mantener contacto, aunque no sea familia. Con trabajo por turnos, usa el primer hueco disponible en vez de fijar siempre el mismo día. Si no puedes gastar dinero, escoge acciones en casa o al aire libre que no exijan comprar nada. Si existe una barrera de idioma, escribe primero el mensaje, usa frases breves y pide tiempo para expresarte sin prisa.

No hace falta explicar toda tu relación con el deporte para acercarte a alguien. Puedes enviar: «Últimamente todo en mi cabeza gira alrededor de entrenar y competir. ¿Te apetece que hablemos un rato de cualquier otra cosa?». Para recuperar una afición, prueba con: «Hace tiempo que no hago esto y me gustaría retomarlo sin exigirme hacerlo bien». Si necesitas apoyo durante una lesión o un regreso, puedes decir: «Me cuesta saber quién soy cuando no puedo rendir como antes. No necesito que lo soluciones, me ayudaría que me escucharas». Y si quieres hablar con tu entrenador: «Quiero seguir comprometido con el deporte y también cuidar otras partes de mi vida. Necesito organizarme para reservarles espacio».

Después de cada acción, evita puntuarla como si fuera una prueba. Pregúntate: «¿Qué cualidad he mostrado aquí?». Quizá aparecieron la paciencia, el humor, el cuidado, la constancia o la curiosidad. Escribe una frase completa: «Hoy fui atento cuando escuché a mi amigo» o «Tuve paciencia al aprender algo sin esperar hacerlo perfecto». Esas cualidades siguen siendo tuyas cuando no compites, te lesionas o pierdes. Repetir esta pregunta ayuda a describirte con palabras que no dependen de una clasificación, una marca o la opinión del equipo.

Puede que el primer intento no funcione. La persona quizá no responda, el plan coincida con un turno o termines analizando el entrenamiento durante todo el paseo. Reduce el paso en vez de abandonar el área: cambia una visita por un mensaje, una hora por unos minutos o una actividad nueva por otra que ya conozcas. Puedes escribir: «El otro día no conseguimos hablar. ¿Te viene mejor otro momento?». Si te cuesta disfrutar, no te obligues a sentir algo concreto. Registra simplemente que estuviste allí y prueba otra acción. Si siempre eliges planes ligados al deporte, pregunta a alguien cercano: «¿Qué te gustaba hacer conmigo cuando no estábamos hablando de entrenar?».

Habla con un psicólogo deportivo u otro profesional cualificado si la vida fuera del deporte se siente vacía de forma persistente, si cancelas repetidamente cualquier actividad que no mejore tu rendimiento, si una lesión o una derrota hace que no puedas describir ninguna cualidad propia o si este ejercicio te provoca un malestar que no consigues manejar. Lleva ejemplos observables: qué planes has dejado, qué conversaciones evitas y qué ocurre cuando intentas descansar. Puedes empezar así: «Siento que casi todo mi valor depende de rendir. Cuando no entreno o no compito, me cuesta encontrar otras partes de mí. He intentado reservar espacio para ellas, pero sigo bloqueado. Quiero trabajar esto contigo».

Terapia para deportistas cuando la cabeza pesa al entrenar

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La terapia para deportistas es un trabajo psicológico adaptado a lo que te pasa al entrenar, competir, lesionarte o parar. Tal vez una mala sesión siga ocupando tu cabeza durante horas, temas decepcionar a otras personas o sientas que cualquier error confirma que no vales. También puede ocurrir que una lesión te deje sin la parte del día que organizaba todo lo demás, o que volver a competir provoque más tensión que ilusión. La terapia puede ayudarte a comprender esa presión, cambiar patrones que te desgastan y recuperar margen para decidir, pero no sustituye una valoración sanitaria cuando hace falta.

Para empezar, elige una situación reciente y concreta. No intentes explicar toda tu carrera deportiva de una vez. Anota qué ocurrió justo antes, qué te dijiste, qué notaste en el cuerpo, qué hiciste después y cuánto tardaste en volver a concentrarte en otra cosa. Separa los hechos de las interpretaciones. «Fallé dos veces» describe un hecho. «Siempre lo estropeo todo» es una interpretación. Después busca el punto donde todavía podías elegir otra respuesta, aunque fuese pequeña, como pedir una pausa, reducir la discusión interna a una frase o hablar con alguien al terminar.

Convierte ese registro en algo que puedas llevar a una primera conversación. Puedes decir: «Cuando cometo un error, sigo repasándolo durante el resto del entrenamiento y dejo de atender a lo que está pasando». Si el problema aparece al volver de una lesión, prueba con: «Mi cuerpo puede estar preparado, pero antes de cada sesión pienso que volverá a ocurrir y empiezo a evitar ciertos momentos». Para pedir apoyo a una persona cercana, puedes enviar: «Hoy he terminado muy alterado. No necesito que soluciones nada, pero me ayudaría hablar diez minutos y ordenar lo que ha pasado».

En la primera conversación con un psicólogo, explica qué quieres que cambie en términos observables. Por ejemplo: «Quiero poder dormir después de competir sin repasar cada error» o «Quiero dejar de tratar cada entrenamiento como un examen sobre mi valor». Pregunta cómo trabajaría con una situación concreta de tu deporte y qué espera de ti entre conversaciones. También puedes decir: «No busco que me presiones para rendir más. Quiero entender por qué esto me está desgastando». Fíjate en si puedes hablar de miedo, enfado, vergüenza, lesión o retirada sin que todo quede reducido a resultados.

Si el primer intento no funciona, identifica qué falló antes de abandonar la búsqueda. Quizá te costó explicar lo que ocurría, la conversación se centró demasiado en el rendimiento o no te sentiste comprendido. Puedes decir en la siguiente cita: «La vez anterior salí con la sensación de que no habíamos hablado de lo que más me preocupa. Necesito empezar por esto». Si la respuesta sigue sin encajar, busca otro psicólogo y lleva el mismo ejemplo concreto. Cambiar de profesional no exige inventar una razón complicada: «No siento que este enfoque se ajuste a lo que necesito» es suficiente.

Adapta el primer paso a tus circunstancias. Si vives solo o no tienes familia cerca, acuerda con una persona de confianza un mensaje breve antes o después de los momentos difíciles: «He terminado. Te escribo cuando esté más tranquilo». Si trabajas por turnos, registra el episodio cuando puedas y busca una cita compatible con tu horario, sin depender de una rutina fija. Si no tienes dinero para la vía privada, pide cita con tu médico de familia en el centro de salud. Si existe una barrera de idioma, prepara tres frases por escrito con lo que ocurre, cuándo aparece y cómo afecta a tu vida. Antes de la cita, pregunta si podrás comunicarte en el idioma que necesitas o si puedes llevar apoyo para explicarte.

Es momento de implicar a un profesional cuando el efecto deja de limitarse a un mal entrenamiento y se mantiene en el sueño, el ánimo, las relaciones o la capacidad para entrenar. Observa conductas concretas: cancelas sesiones por miedo, te aíslas después de competir, discutes repetidamente por el mismo tema, pasas gran parte de la noche repasando errores o ya no consigues cumplir actividades habituales. No necesitas decidir por tu cuenta cómo se llama lo que te pasa. Lleva estas observaciones a un psicólogo o a tu médico de familia y pregunta de forma directa: «Esto se repite y está afectando a varias partes de mi vida. ¿Qué tipo de valoración necesito?».

En la vía privada puedes buscar un Psicólogo General Sanitario colegiado con experiencia en deporte y comprobar sus datos en el Colegio Oficial de la Psicología. En la pública, la entrada es tu médico de familia en el centro de salud, que puede valorar una derivación a la Unidad de Salud Mental. HelpClinic no es terapia ni tratamiento: ofrece apoyo diario con herramientas de autoayuda, rutinas guiadas por IA entre sesiones y acceso a un especialista. Su guía de IA no es terapeuta ni un servicio de crisis. Úsala para nombrar lo que sientes, ordenar un momento difícil y preparar notas para una conversación profesional. Después de una cita, registra qué entendiste, qué quedó pendiente y qué quieres preguntar la próxima vez.

Qué hacer si no puedes dormir antes de competir

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Puede que el día haya ido bien y, al apagar la luz, empieces a repasar la salida, un error reciente, el rival o lo que esperan de ti. Miras la hora, calculas cuánto podrías dormir y cada cálculo añade presión. Si te ocurre, deja de tratar el sueño como otra prueba que debes aprobar. Una noche inquieta no decide por sí sola cómo vas a rendir, y pelearte con ella suele mantenerte más alerta. Tu tarea esa noche no es garantizar un resultado, sino reducir las decisiones pendientes y dar espacio al descanso.

Antes de acostarte, haz una descarga breve por escrito. Divide una hoja en tres partes: «Qué tengo que preparar», «Qué me preocupa» y «Qué haré al levantarme». Anota acciones concretas, como revisar la bolsa, confirmar el transporte o dejar preparada la ropa. En la parte de preocupaciones, escribe frases directas, sin intentar resolverlas: «Me preocupa bloquearme al empezar» o «Tengo miedo de decepcionar a mi equipo». Termina con una primera acción sencilla para la mañana. Puedes dejarte este mensaje: «Ahora no tengo que competir. Mañana empezaré por levantarme, vestirme y seguir lo que he preparado».

Si una duda depende de otra persona, intenta resolverla antes de meterte en la cama. Envía un mensaje breve y con una sola petición: «Necesito confirmar a qué hora salimos mañana. ¿Puedes decírmelo cuando lo veas?». Para hablar de la presión, puedes escribir: «Estoy más activado de lo habitual y me vendría bien que mañana repasáramos solo las primeras indicaciones». Si no recibes respuesta, apunta qué harás con la información disponible. Así evitas pasar la noche redactando mentalmente el mismo mensaje.

Ya en la cama, aparta el reloj de la vista. Afloja de forma consciente la mandíbula y los hombros, y vuelve a una respiración cómoda, sin contarla ni intentar hacerla perfecta. Cuando aparezca un pensamiento sobre la competición, nómbralo de manera sencilla: «Esto es preocupación por mañana». Después, devuelve la atención al contacto del cuerpo con la cama o al ritmo natural de la respiración. Si vuelves a mirar la hora o a calcular, prueba esta frase: «No necesito saber cuánto voy a dormir. Ahora puedo quedarme quieto y descansar».

Si continúas despierto y la cama se ha convertido en un lugar de frustración, levántate un rato. Elige una actividad tranquila con poca luz que no tenga relación con la competición. Regresa cuando notes somnolencia, no cuando creas que ya deberías estar dormido. Si al volver reaparece la pelea, repite el proceso sin convertirlo en un examen nuevo. Que el primer intento no funcione no obliga a pasar directamente a revisar estrategias, resultados o mensajes. Puedes decirte: «Sigo activado. Voy a descansar de otra forma y volveré cuando tenga sueño».

Al levantarte, evita usar la noche como un veredicto sobre la competición. Sigue la primera acción que dejaste escrita y céntrate en la siguiente tarea concreta. Si necesitas informar a quien te acompaña o entrena, puedes decir: «Anoche me costó dormir. No quiero analizar ahora cómo rendiré, pero necesito que repasemos el inicio con calma». También puedes pedir algo específico: «Antes de empezar, recuérdame solo la primera indicación». Si un plan te resulta demasiado largo en ese momento, redúcelo a la siguiente acción observable.

Adapta esta secuencia a tus circunstancias. Si trabajas a turnos, úsala antes del tramo en el que puedas descansar, aunque no coincida con la noche. Si vives solo o no tienes familia cerca, acuerda un contacto breve con una persona de confianza: «Mañana te escribiré cuando me levante. No necesito que soluciones nada, solo que me respondas cuando puedas». Si no tienes dinero para una consulta privada, empieza por pedir cita con tu médico de familia en el centro de salud. Si existe una barrera de idioma, prepara por escrito dos o tres frases sobre lo que ocurre y pregunta al pedir la cita si puede acompañarte una persona de confianza. Puedes mostrar este texto: «Me cuesta explicar esto en español. He escrito cuándo ocurre y cómo me afecta».

La autoayuda se queda corta si el problema aparece también fuera de las competiciones, se repite con frecuencia o el cansancio está afectando a tu vida diaria. Obsérvalo en hechos: faltas a compromisos, llegas tarde, cancelas entrenamientos o te cuesta terminar tareas habituales por el cansancio. Anota cuándo ocurre, si había competición y qué cambió al día siguiente. Pide cita con tu médico de familia en el centro de salud para valorar el sueño y descartar otros factores. Puedes decir: «Me cuesta dormir antes de competir y también me está pasando en otros días. Se repite con frecuencia y está afectando a estas tareas». Si corresponde, puede derivarte a la Unidad de Salud Mental. También puedes consultar a un Psicólogo General Sanitario colegiado y decirle: «Quiero trabajar la presión antes de competir y dejar de convertir el sueño en otra prueba».

Cómo salir del bajón después de una mala competición

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Si te hundes después de una mala competición, evita decidir en ese momento qué dice el resultado sobre tu capacidad o tu futuro. Quizá repases un error sin parar, compares tu actuación con la de otros o sientas vergüenza al pensar en lo que dirán. También puedes tener ganas de borrar mensajes, irte sin hablar o entrenar de inmediato para compensarlo. Antes de analizar nada, cubre lo básico en este orden: come, bebe, cámbiate y vuelve a un entorno conocido. Si alguien te pide explicaciones, puedes decir: «Ahora mismo sigo muy metido en la competición. Prefiero hablar cuando esté más tranquilo y pueda pensar con claridad».

Cuando notes que puedes recordar lo sucedido sin revivir cada momento, abre una nota y escribe tres apartados: hechos, aprendizaje y siguiente acción. En hechos incluye únicamente lo que otra persona habría podido observar, por ejemplo: «Salí más rápido de lo previsto», «Fallé dos intentos» o «Dejé de seguir la estrategia después del primer error». Evita palabras como siempre, nunca, horrible o fracaso. Si escribes «soy un desastre», pregúntate: «¿Qué ocurrió exactamente para que esté diciendo esto?». Después sustituye el juicio por una descripción concreta.

En aprendizaje, elige una sola cosa que quieras conservar o ajustar. No intentes explicar toda la competición de una vez. Puedes escribir: «Quiero mantener la forma en que volví a concentrarme después del primer fallo» o «Necesito revisar con mi entrenador qué hacer cuando empiezo peor de lo esperado». Luego convierte ese aprendizaje en una conducta practicable. «Ser más fuerte mentalmente» no indica qué hacer. «Ensayar mi respuesta después de un error en el próximo entrenamiento» sí. Si aparecen cinco posibles cambios, anótalos, pero escoge uno como siguiente acción.

Habla con tu entrenador cuando ya puedas describir lo ocurrido sin usar la conversación para castigarte. Puedes enviarle este mensaje: «Estoy bastante afectado por el resultado. He separado los hechos de lo que estoy pensando sobre mí y quiero revisar contigo una situación concreta. ¿Podemos hablar de qué ocurrió después del primer error y elegir algo para practicar?». Durante la conversación, pide ejemplos observables. Si recibes una valoración demasiado general, responde: «¿Puedes decirme qué viste exactamente y qué conducta te gustaría que probara en el entrenamiento?». Apunta el acuerdo con tus propias palabras antes de terminar.

Para cerrar el análisis, decide cuándo harás la siguiente acción y qué indicará que está hecha. Podría quedar así: «En el próximo entrenamiento practicaré dos veces la respuesta que acordé con mi entrenador y después anotaré qué hice». A continuación, deja de revisar vídeos, clasificaciones o mensajes durante el tiempo que hayas decidido dedicar al cierre. Si tu cabeza vuelve al resultado, prueba esta frase: «Esto ya está anotado. No necesito resolverlo otra vez ahora». Después pasa a una actividad concreta y sencilla que no dependa de sentirte mejor primero.

Si vives solo o no tienes familia cerca, elige de antemano una persona a la que puedas mandar un mensaje breve: «He tenido una mala competición y me vendría bien hablar de otra cosa durante diez minutos. No necesito analizar el resultado ahora». Si trabajas por turnos, haz el registro cuando tengas un momento real de descanso, aunque no coincida con el final de la competición. Si no tienes dinero, utiliza la vía pública que se indica más adelante. Si hay una barrera de idioma, prepara por escrito tres frases: qué ha cambiado, desde cuándo lo notas y cómo está afectando a tu vida. Puedes empezar la cita diciendo: «Me cuesta explicarlo en este idioma. He traído una nota para no dejarme nada importante».

Puede que el primer intento no funcione. Tal vez sigas escribiendo juicios en lugar de hechos, la conversación con tu entrenador acabe centrándose solo en el resultado o no consigas cumplir la acción elegida. En ese caso, reduce el paso. Describe un único momento, formula una única pregunta y elige una conducta más pequeña. Puedes decir: «La conversación anterior no me ayudó a concretar qué hacer. Quiero intentarlo de nuevo centrándonos solo en este momento de la competición». Si todavía no encuentras nada útil, aplaza el análisis. Guardar la nota y retomarla más adelante es preferible a seguir dándole vueltas para obligarte a obtener una respuesta.

Observa lo que ocurre después, no solo cómo te sientes al recordar la competición. Es momento de pedir apoyo cuando cada mal resultado te lleva a castigarte, aislarte, evitar competir o perder el interés por el resto de tu vida. También conviene hacerlo si estas consecuencias se repiten, interfieren con el entrenamiento, el trabajo, los estudios, el descanso o tus relaciones, o si no consigues salir del mismo ciclo aunque hayas probado a cerrar el resultado de forma concreta. Puedes buscar un Psicólogo General Sanitario colegiado y comprobar sus datos en el Colegio Oficial de la Psicología. Al contactar, escribe: «Después de competir me quedo atrapado en el resultado y esto está afectando a mi vida fuera del deporte. Quiero pedir una cita para hablar de ello». Si prefieres la vía pública, pide cita con tu médico de familia en el centro de salud; podrá valorar lo que ocurre y, cuando corresponda, derivarte a la Unidad de Salud Mental.

Qué hacer si te comparas con otros deportistas

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La comparación puede aparecer al ver una marca, una convocatoria, el cuerpo de otra persona o una publicación sobre un entrenamiento. También puede surgir cuando alguien progresa mientras tú estás lesionado, vuelves después de una pausa o atraviesas una mala racha. El pensamiento suele ser rápido: «A su lado no valgo» o «debería estar a ese nivel». En ese momento estás mezclando un dato con un juicio. Además, quizá desconoces cuánto entrena esa persona, qué dificultades tiene o en qué punto de su preparación se encuentra.

Cuando lo notes, detente y escribe la comparación tal como ha aparecido. Después separa sus dos partes. El dato puede ser «ha hecho un tiempo mejor que el mío». El juicio sería «eso demuestra que soy peor». Examina solo el dato con tres preguntas: «¿Conozco suficiente contexto?», «¿esto depende de mí?» y «¿me señala una acción que puedo practicar?». Si alguna respuesta es negativa, prueba esta frase: «He visto un resultado ajeno, pero no tengo que convertirlo en una valoración sobre mí».

Antes del siguiente entrenamiento, elige una única referencia propia y observable. Puede ser mantener la atención durante una parte de la sesión, cuidar una ejecución concreta o recuperar la concentración después de un error. Escríbela antes de empezar: «Hoy observaré cómo vuelvo a la tarea cuando algo no sale». Al terminar, responde en tres líneas: qué hiciste, qué te costó y qué repetirás. Si vuelves a buscar quién estuvo por encima, reduce todavía más la referencia hasta que describa una acción que realmente puedas observar.

Si necesitas información externa, pide observaciones concretas en lugar de una clasificación general. Puedes decirle a quien dirige tu entrenamiento: «Me estoy comparando mucho y acabo evaluándolo todo como mejor o peor. ¿Puedes decirme una cosa concreta que estoy haciendo bien y una que debería trabajar?». A un compañero puedes decirle: «Hoy prefiero no comparar marcas. Quiero concentrarme en mi ejecución». Si la primera respuesta es vaga o te resta importancia, repite la petición: «Lo que necesito ahora es una observación específica, no saber en qué puesto quedo».

Con las redes sociales, empieza por identificar qué cuentas, conversaciones o momentos activan la comparación. Silencia durante un tiempo aquello que te deja atrapado revisando resultados o cuerpos. Después observa cómo te encuentras al entrenar y al terminar el día. Si silenciar no cambia nada, quita el acceso directo, cierra la sesión o decide una franja concreta para mirar. En un grupo donde se comparten marcas, puedes escribir: «Voy a dejar de revisar resultados unos días porque ahora me cuesta usarlos como información. Seguiré pendiente de los mensajes prácticos».

Si vives solo o no tienes familia cerca, elige una persona accesible, aunque no sea íntima, y envíale algo fácil de contestar: «Hoy estoy enganchado a compararme. ¿Puedes preguntarme luego qué hice en mi entrenamiento?». Con turnos de trabajo, evita fijar la revisión a una hora imposible y hazla justo después de entrenar. Si no puedes pagar atención privada, utiliza la vía pública descrita más adelante. Si existe una barrera de idioma, lleva tus ejemplos escritos y di: «Me cuesta explicarlo en español. Necesito hablar despacio y leer mis notas».

Durante una lesión, una vuelta o un cambio de nivel, quizá ninguna comparación con otra persona tenga un contexto parecido al tuyo. Cambia la pregunta «¿por qué no estoy como antes?» por «¿qué puedo observar hoy sin juzgar el resultado?». Si has dejado de competir, busca una referencia relacionada con tu situación actual, como cumplir el plan que elegiste para ese día o mantener contacto con alguien del deporte. Cuando una referencia propia también se convierte en castigo, deja de usar números temporalmente y registra acciones sencillas.

Es momento de hablar con un profesional si compararte ocupa gran parte del día, cambia tu forma de comer o entrenar, deteriora tu autoestima o te lleva a evitar a otras personas. Obsérvalo durante varios días: anota cuándo empieza, cuánto interfiere con tus actividades y qué decisiones tomas por esa comparación. En la vía privada puedes acudir a un Psicólogo General Sanitario colegiado. Para recibir atención pública, pide cita con tu médico de familia en el centro de salud; no se reserva directamente una consulta con el psicólogo de la Seguridad Social, ya que el médico valora la derivación a la Unidad de Salud Mental. Puedes llevar esta frase preparada: «Me comparo con otros deportistas durante gran parte del día y esto está cambiando cómo como, entreno y trato con otras personas. Quiero explicar lo que ocurre y saber qué pasos dar».

He perdido las ganas de entrenar y no sé si parar

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Puede que sigas preparando la bolsa y presentándote a entrenar, pero cada vez te cueste más empezar. Tal vez inventas motivos para llegar tarde, evitas mirar el plan o cumples la sesión sin sentirte presente. También puede ocurrir que quieras entrenar hasta que aparece una marca, una comparación, una corrección o el miedo a no rendir. Antes de llamarte vago o tomar una decisión definitiva, separa lo que sucede en momentos concretos. La pregunta útil no es «¿por qué no tengo disciplina?», sino «¿en qué momento exacto desaparecen mis ganas?».

Empieza con un registro sencillo de varias sesiones. Antes de entrenar, anota cuánta energía sientes, qué parte de la sesión te pesa y qué frase te estás diciendo. Durante el entrenamiento, observa cuándo cambia tu atención: al calentar, al aumentar la exigencia, al compararte o al pensar en el resultado. Al terminar, escribe si aparece alivio, curiosidad, energía o más rechazo. No necesitas redactar mucho. Puedes dejar algo tan directo como: «No quería venir, pero conecté al empezar» o «Tenía energía hasta que pensé en la marca».

Después busca el patrón, sin intentar ponerle un diagnóstico. Si cuesta empezar pero luego conectas, anota qué facilitó ese cambio. Si toda la sesión se hace cuesta arriba, comprueba si el mismo cansancio aparece fuera del deporte. Si el bloqueo surge solo ante ciertas situaciones, nómbralas con precisión. «No quiero entrenar» ofrece pocas pistas. «Me bloqueo cuando tengo que demostrar el resultado delante de otros» permite plantear un ajuste concreto. Si no ves ningún patrón, continúa observando sin obligarte a encontrar una explicación inmediata.

Lleva esas notas a tu entrenador y pide un cambio pequeño que podáis revisar. Puedes decir: «He perdido las ganas y forzarme no me está ayudando. Quiero probar una sesión con menos exigencia y observar cómo respondo». Otra opción es: «Cuando entreno pendiente del resultado me desconecto. ¿Podemos acordar un objetivo centrado en completar la sesión?». Decide antes qué vais a modificar: la exigencia, el objetivo o la atención al resultado. Al terminar, compara cómo estabas antes, durante y después. No evalúes el intento solo por tu rendimiento.

Si el primer ajuste no cambia nada, evita convertirlo en otra prueba que tienes que aprobar. Díselo al entrenador de forma literal: «Lo he probado y sigo sintiendo el mismo rechazo. Necesito revisar otra parte del entrenamiento». Podéis modificar una cosa diferente o dejar de medir el resultado durante otra sesión. Si hablar con el entrenador no funciona, busca a alguien de confianza que pueda escuchar sin decidir por ti. Puedes enviarle: «No necesito que me convenzas de continuar ni de parar. Necesito contarte qué está pasando y ordenar lo que estoy notando».

Adapta el proceso a tus circunstancias. Si vives solo o no tienes familia cerca, acuerda con una persona de confianza un mensaje después de entrenar: «He terminado. Hoy me he sentido así y esto es lo que necesito ahora». Si trabajas por turnos, compara sesiones realizadas después de condiciones parecidas y explica a tu entrenador qué horarios te dejan sin energía. Si no puedes pagar una consulta privada, empieza pidiendo cita con tu médico de familia en el centro de salud. Si te cuesta expresarte en español, lleva tus observaciones escritas y pregunta al pedir la cita qué opciones tienes para comunicarte con claridad. También puedes preparar una frase breve: «Me resulta difícil explicarlo de palabra. He escrito lo que me ocurre para que podamos revisarlo».

Hablar de una pausa tampoco obliga a abandonar el deporte. Antes de decidir, concreta qué significaría para ti: dejar una competición, reducir la exigencia o apartarte temporalmente del entrenamiento. Pregúntate qué decisión tomarías si no tuvieras que justificarla ante el entrenador, el equipo o tu entorno. Luego comunica el límite sin prometer un resultado: «Ahora mismo no puedo seguir al mismo ritmo. Necesito bajar la exigencia mientras aclaro qué me está pasando». Si recibes presión, repite el mensaje sin entrar en una discusión sobre tu compromiso.

Pide apoyo profesional cuando la falta de ganas también alcance actividades que antes disfrutabas, cuando observes cambios persistentes en el sueño o el ánimo, o cuando cuidar de ti se vuelva muy difícil. Puedes pedir cita con tu médico de familia en el centro de salud y decir: «He perdido las ganas de entrenar y también noto cambios fuera del deporte. Esto está afectando a mi sueño, mi ánimo o mi cuidado diario». El médico valorará la situación y podrá derivarte a la Unidad de Salud Mental. También puedes consultar a un Psicólogo General Sanitario colegiado y explicar: «Quiero revisar la presión que rodea al deporte y entender por qué me estoy desconectando». Lleva tu registro para mostrar qué ocurre antes, durante y después de entrenar.

El apoyo diario puede complementar la terapia para deportistas

La terapia para deportistas puede ayudarte a trabajar la presión, la duda y la tensión antes de competir. HelpClinic no es terapia ni tratamiento: ofrece herramientas breves, rutinas personalizadas y apoyo guiado por IA para las horas entre sesiones o mientras decides pedir ayuda. También puedes hablar con un profesional cuando sientas que la situación te supera.

Ansiedad y depresión
34%de los deportistas de élite en activo declaró síntomas de ansiedad o depresión en un metaanálisis
Entre citas
Rutina diariaLa guía de IA propone ejercicios breves para los próximos días. No es terapeuta ni un servicio de crisis.
Búsqueda de ayuda
22,4%fue la tasa conjunta de búsqueda de ayuda de deportistas en un metaanálisis de 11 estudios

«Pensaba que si no podía con la cabeza, era que no servía. Nadie me enseñó a entrenar esa parte.»

De la primera señal a una mente más fuerte

Chequeo de la mente

Un inicio breve para ver dónde aprieta: presión, vuelta, perfeccionismo. Sin juicios.

Herramientas para el ahora

Ejercicios de respiración, propuestas de escritura y técnicas de TCC y ACT basadas en la evidencia, disponibles cuando las necesites.

Rutinas, paso a paso

El apoyo guiado por IA usa tus respuestas para elegir la siguiente herramienta y organizar tu rutina diaria.

Terapeuta 1:1 cuando lo necesitas

Cuando la autoayuda no es suficiente, puedes reservar una sesión individual con un profesional verificado.

Preguntas frecuentes

¿HelpClinic sustituye la terapia?

No. HelpClinic ofrece apoyo diario entre sesiones y antes de ellas. Te da herramientas para el ahora, y puedes reservar una sesión con un profesional verificado cuando lo necesites. No sustituye la terapia ni la ayuda en una crisis.

¿Qué es la “guía de IA”: es un terapeuta?

El apoyo guiado por IA usa tus respuestas para elegir la siguiente herramienta y organizar tu rutina diaria. No es un terapeuta ni un servicio de crisis y quizá no detecte una crisis. Ante un peligro inmediato, usa los números de abajo.

¿Es para amateurs o solo para profesionales?

Para ambos. La presión y el perfeccionismo no preguntan tu nivel: corras maratones después del trabajo o compitas profesionalmente, las herramientas se adaptan a ti.

¿Se enterará alguien de mi club?

No, tu club, tu entrenador y tu federación no tienen acceso a tu cuenta. Anónima no es: al registrarte facilitas unos datos básicos y, para reservar con un profesional, algunos más. Tus datos van cifrados y solo llegan a un profesional si tú lo autorizas. Consulta los detalles en la política de privacidad.

¿Cuánto cuesta?

Empiezas gratis, sin tarjeta. Tu evaluación, las herramientas diarias y el apoyo para los momentos difíciles siguen siendo gratuitos para siempre. Una suscripción opcional desbloquea la biblioteca completa y las rutinas, y el apoyo humano: grupos y sesiones 1:1 que puedes reservar. Sin cargos ocultos.

¿Qué es la terapia para deportistas?

La terapia para deportistas es un espacio con un profesional para trabajar cómo te afectan la presión, los errores, una lesión o un cambio en tu carrera deportiva. No promete resultados ni elimina los nervios, pero puede ayudarte a entender lo que te pasa y a encontrar formas más sostenibles de competir y cuidarte.

¿Cuándo puede ser útil la terapia para deportistas?

Puede ser útil cuando la presión por rendir te acompaña fuera del entrenamiento, evitas competir, una lesión te deja bloqueado o ya no disfrutas como antes. No hace falta esperar a estar al límite: un primer paso puede ser anotar qué situación te desborda, qué piensas en ese momento y qué haces después.

¿La terapia para deportistas ayuda con la presión por competir?

Sí, puede ayudarte a reconocer qué dispara la presión y a responder de otra forma antes, durante y después de competir. Como primer paso, prueba un registro breve: situación, pensamiento, sensación física y respuesta. HelpClinic puede guiar ese registro entre sesiones, pero no sustituye la terapia.

¿La terapia para deportistas puede acompañar la vuelta tras una lesión?

Sí, puede acompañarte durante la recuperación y la vuelta, sobre todo si aparecen miedo a recaer, frustración o dudas sobre tu rendimiento. No sustituye al equipo médico ni al plan de rehabilitación. Puedes empezar por separar lo que depende de ti hoy de lo que necesita tiempo o indicación profesional.

¿Cómo empezar terapia para deportistas en España?

En España, puedes empezar por tu médico de cabecera, que puede derivarte a la Unidad de Salud Mental; también puedes acudir a un psicólogo privado. Si eliges la vía privada, comprueba que sea Psicólogo General Sanitario y que esté colegiado. HelpClinic ofrece apoyo diario y acceso a un profesional, pero no es terapia ni tratamiento.

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¿Sientes que todo te supera?

Si estás en peligro inmediato o piensas en el suicidio, llama ahora al número correspondiente de abajo. HelpClinic no es un servicio de emergencias.

Peligro inmediato (España y UE)

112

Línea 024 (España)

024
Otros países

México

Emergencias: 911

Línea de la Vida: 800 911 2000 (24 h, los 365 días, gratuito)

Estados Unidos

Emergencias: 911

988, marca 2 para español: 988 (24 h, gratuito; tambien por mensaje y chat)

Argentina

Emergencias: 911

Centro de Asistencia al Suicida: 0800 345 1435 (de 8:00 a 0:00, no es 24 h; desde Buenos Aires, 135)

Colombia

Emergencias (NUSE): 123

Línea 192, opción 4: 192 (24 h, gratuito desde fijo o celular)

Son líneas de ayuda externas, no HelpClinic. El número de emergencias y la línea de apoyo son gratuitos, y el 112 funciona en toda la Unión Europea. Abajo están México, Estados Unidos, Argentina y Colombia; si estás en otro país, encontrarás las líneas de ayuda de ese país en findahelpline.com.

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